__Para llegar a Madrid es necesario adentrarse hasta el fondo del valle de Caderechas, que forma una profunda y curvada U. Una de las puertas de entrada al valle es Terminón. Siguiendo la carretera nos encontraremos con los pueblos de: Bentretea, Cantabrana y Quintanaopio. Después de que un cartel nos anuncie la cercanía de Ojeda, y rodeados por pinos, se nos presenta el desvío a la derecha que nos conduce al pueblo.
Otro acceso lo encontramos con entrada en Salas de Bureba, desde donde se tomará el desvío en la misma iglesia del pueblo hacia la izquierda, dirección a Aguascándidas, Río-Quintanilla, Hozabejas y Rucandio.
Una tercera entrada, poco frecuentada pero de gran belleza por el desfiladero que atraviesa, es el de bajada desde el páramo. Se toma el desvío cercano a Pesadas de Burgos, que tras atravesar Escóbados de Arriba y Escóbados de Abajo, nos conduce a Hozabejas.
Madrid se despliega en una atalaya privilegiada desde la que se contempla toda la extensión del valle de Caderechas. Con el bosque en su falda, y rodeado de huertas de cerezos y manzanos, el lugar emana una paz saludable. El sosiego se apodera del visitante en cuanto se para a contemplar el magnífico perfil de la sierra. Aquí, el tiempo se aquieta y recupera su ritmo natural, al compás de las estaciones.
El otoño ofrece su joya más preciada a los visitantes: las setas comestibles. En la umbría de los pinares se encuentra el níscalo; delicioso de cualquier manera, pero especialmente exquisito cuando se prepara sobre las brasas de la chimenea.
Tras un largo invierno, la primavera nos regala una de sus manifestaciones más espectaculares: la floración de los cerezos. Las laderas pintadas de blanco inmaculado destacan en medio de un cuadro de verdes y frescos retoños de hojas.
En el verano, el calor es más soportable que en la llanura. Sus abundantes caminos invitan al paseo y a la observación de la flora y la fauna. En el bosque son frecuentes los encuentros con corzos. Y si se sube a la sierra, camino del páramo, es casi imposible no toparse con la silueta de varios buitres rasgando el cielo. Las noches estivales son suaves y plagadas de estrellas; ideales para buscar el sueño con una buena conversación.